Programa

BENITA JUÁREZ MORCILLO
"AMALIENSE 1997"

Benita Juárez

Una vez más llega a Amaliense del Año una mujer. Como mujer, enhorabuena Benita, porque no han sido tus ardides femeninos los que te han traído a este homenaje que la Comisión Amigos de Santa Amalia y todos los aquí presentes te dedicamos. No han contribuido tus atributos físicos, ni tus triunfos sociales, sino ese laboreo constante y silencioso del ama de casa. Como ama de casa, enhorabuena Benita, Porque en tu quehacer diario, están representadas todas aquellas directoras de su negocio particular, administradoras de un sueldo no pagado, modistas de alta costura que igual zurcen primorosamente una camisa que de un retal, hacen aparecer un traje de fiesta, limpiabotas, cocineras, amantes esposas y compañeras, médicos y enfermeras, eficientes dependientas, y cómo no, la mejor de las niñeras, con sus títulos expedidos en la Universidad de la Vida, al igual que el tuyo que avala tus innegables cualidades morales, testimonio constante de un credo impopular, y como final, un Cum laude por tu coraje en la entrega maternal, y como madre, enhorabuena Benita.
Seguramente, se quedan fuera otras facetas de tu historia dignas de mención, pero yo las desconozco, ya que posiblemente, ésta sea una de las pocas ocasiones en que he tenido la oportunidad de dirigirme a ti personalmente, pues debido a que vivo fuera, y el círculo en el que nos movemos son distintos, apenas coincidimos, porque ya hace algunos años que dejé de frecuentar la mesa-camilla que tu suegro ­Siñó Salvador- tenía con aquella lata repleta de pipas con sal y que por algo más de dos reales, me llenaba la mano con la tapa de una caja de crema de zapatos a la que había trenzado un alambre para que sirviera de inequívoca medida, eso sí, me daba después unas sueltas porque para algo era muy amigo de mi abuelo Faustino Martín-Romo. Por eso, no puedo más que reiterarte mi enhorabuena por este reconocimiento merecido que el pueblo de Santa Amalia, tu pueblo, te testimonia hoy, y al que yo gustosamente me sumo.

Benita, que el Dios que te ha bendecido con el estigma de su gracia, la constancia y el valor ante la adversidad, te siga bendiciendo durante muchos años, y a la Comisión Amigos de Santa Amalia, les continúe ayudando en esta andadura social y cultural.
A Continuación voy a recitaros unos poemas de mi producción literaria. El primero, dedicado a un personaje que Benita también ha sabido interpretar - a la madre-, en este caso, a la mía, y que titulo Consuelo.

 

Antonia Pascual (Presidenta) y Benita

CONSUELO

Rodando entre los trastos viejos

un mundillo de sueños

por hacer,

palitos torneados

que se aburren

sin el roce de tus manos

y un encaje de promesas,

que nunca viste florecer.

 

A la sombra de un cajón,

duermen los alfileres, el hilo,

un dibujo por tejer

y tu esencia de mujer,

flotando por el olvido,

se enreda en los bolillos

enhebrando recuerdos del ayer.

(NOTA. Mundillo: Almohadilla cilíndrica que usan las mujeres para hacer encaje y puntilla de bolillos.

La autora utiliza la dilogía para aludir encubiertamente el pequeño y reducido del ama de casa.)

Ahora le toca el turno a tu hija. Éste es un cuento que yo he dedicado a los diferentes, a todos aquellos que por nacimiento u otras circunstancias, se encuentran incapacitados para desarrollar actividades físicas, deportivas, intelectuales, lúdicas, etc., se trata de Beatriz y el vendedor de cupones.

BEATRIZ Y EL VENDEDOR DE CUPONES

   Estaba la tarde despidiéndose, dando el último beso a los ventanales más altos del caserón de la plaza que parecía recogerse devoto ante el toque de oración. Por las cuatro esquinas de la vida, se asomaron seis años de ilusión mientras, como en vuelo torpe de mariposa, aparecía el vendedor de cupones.
     Era su cuerpo extraño, desmadejado, como un muñeco a medio romper o a medio  hacer. Su sombra esquiva, bailaba no sé que son de antaño. Beatriz le miraba entre divertida y censora.
 - ¿Por qué haces tantas tonterías? Le preguntó. Y él no supo qué responder. No tenía explicación a tan evidente observación. Era sordomudo de nacimiento, y una parálisis infantil había detenido una de sus piernas.
- ¿Has sido malo y Dios te ha puesto enfermo? Síntesis de un patrón confeccionado en el taller de la infancia, con su brutal molde de realidad, ¿crueldad? No, no es despiadado el niño, sino la verdad que él limpiamente expone, sin adornos, sin tabúes, sin disimulos.
     El cuponero sonrió. Sí. Él comprendió que no existía maldad en su apreciación. La niña era transparente, diáfana, casi aérea en los brazos de su mirada opaca. Con su muda voz que atesoraba nostalgia de amigos susurró:
 -¿Acaso crees que Dios no tiene otra cosa que hacer que castigarme a mí?
-¿Y qué cosas tiene que hacer Dios? Aventuró la niña.
     El vendedor de cupones se sorprendió un poco, sólo un poco porque a él le extrañaban ya tan escasos acontecimientos... Con su inaudible murmullo le contestó:
 - Dios tiene que encender el sol por las mañanas, recogerlo ahora por la tarde, ¿No ves cómo se lo lleva de la mano?
- Sí, sí. Aseveró ella.
- También tiene que sembrar los campos, plantar árboles, hacer la lluvia, pintar las flores, vigilar la fábrica de los sueños, cocer el pan de la alegría, colgar sobre el cordel del cielo el manto de estrellas, sacar del cajón de la noche una sábana de Luna...
Se detuvo a tomar aliento. Dos tizones negros, relucientes como ascuas, se consumían de admiración frente aquel despliegue de actividades divinas, y antes de que el expendedor de "iguales" continuara, Beatriz aseguró:
 - Yo creo que con tanto trabajo, a Dios se le olvidó ponerte la voz.
- Exactamente, confirmó su silente interlocutor. Como ya es tan mayor, va perdiendo la cabeza.
-¿Dios es muy viejo?
- Mucho.
-¿Tú sabes cuántos años tiene?
- Uhmm... Eternocientos, aproximadamente.
-¿Cómo mi abuelo Pablo?
- Yo pienso que algunos más.
-¿Estos? Inquiría mientras mostraba siete dedos de sus manos. Él le dijo
 - Levanta el otro corazón.
- ¡Ah, ya! Se lo voy a decir a mi mamá que ella no lo sabe.
 Y corrió por la acera de la espera materna, y sobre el bordillo de su paciencia exclamó
- Mami, ¿sabes cuántos años tiene Dios?
- Un montón.
- Nooo, mira ¡éstos! Hasta ocho dedos enhiestos sobre un zócalo de sombras.
-¿Tantos? Replicó la madre.
- Sí, me lo ha dicho el señor de los cupones.
-¿De verdad? Inquiere la madre incrédula. Bueno, y por qué no. Cualquier historia puede hacerse verdad en la mágica sonrisa de un niño.
 Y mientras Beatriz se alejaba, con los brazos abiertos de Futuro, alguien con la última tira de cupones se planteaba recomendar muy seriamente a Uno, que tomara rabos de pasas en ayunas.

Por mi parte, nada más, sólo reiteraros mis felicitaciones y que paséis una felices fiestas patronales.


Santa Amalia, 5 de Julio de 1997

Antonia Cerrato Martín-Romo

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A UNA GRAN MUJER

Los amigos de esta villa
tuvieron un gran acierto
al elegir a Benita
como la mejor del pueblo.

Yo casi no la conozco
pero la estimo y admiro,
por su gran humanidad,
por lo mucho que ha sufrido.

Desde que era pequeña,
le ha tocado aguantarse
y soportar mil desprecios
sólo por ser “ PROTESTANTE “.

Tuvo que emigrar al Norte
buscando una mejor vida
y dejando con gran pena
   su Santa Amalia  querida.

Cuando volvieron a casa,
enfermó del corazón
su compañero de penas,
el bueno de Salvador.

Como no tenían hijos
dos pequeños adoptaron
y desde ese momento
sus problemas aumentaron.

Llevan veinticuatro años
con pesada cruz acuestas,
viendo a su hijita Ruth
en una silla de ruedas.

Con una profunda fe
y una envidiable entrega,
sólo vive esta mujer
para el marido y la enferma.

Benita nos está dando,
con su vida y su ejemplo,
una magistral lección
del lo que es “Amor del bueno”.

Que Cristo, el hijo de Dios,
que es el suyo y el nuestro,
le reserve dos entradas
de TRIBUNA para el Cielo.

Un abrazo, Pedro Jiménez García

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A BENITA JUÁREZ

Un motivo nos une aquí este día,
a una amaliense queremos compensar,
el coraje y el esfuerzo de Benita,
ya es hora de saberlo valorar.

Fueron duros andares por la vida,
plagada de trabas e incomprensión,
por creencias de otra religión,
que no fuera de la Iglesia establecida.

A otra tierra ella tuvo que emigrar,
trabajaba sin descanso honradamente,
para que un día pudiera regresar
a Santa Amalia, que llevaba muy presente.

Este ejemplo de sacrificio y entrega
con su hija lo sigue demostrando,
junto a la unión y el amor a su familia
está su lucha, la de ahora y la de antaño.

Muchos años sufriendo los avatares
que el destino le tenía preparado,
y es por esto que “su” cielo y el de otros
por sus méritos lo tiene bien ganado.

                               Feli Matilla